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El perro que Sí representa a México

3 semanas atrás

Siempre que se habla de perros mexicanos, los reflectores apuntan al Chihuahua o al ancestral Xoloitzcuintle. Ambos tienen historia, linaje y reconocimiento internacional.

Sin embargo, en el relato oficial casi nunca aparece el verdadero protagonista cotidiano: el perro amarillo mestizo, el que habita las calles, las colonias y la memoria colectiva del país.

No tiene nombre oficial ni pedigrí, pero todos lo conocemos. Está afuera de las taquerías, duerme en las banquetas, acompaña a los comerciantes y aparece, sin invitación, hasta en los honores a la bandera.

Es el “güero”, el “milaneso”, el perro de la calle que, sin proponérselo, se convirtió en un símbolo no oficial de México.

Este llamado perro mestizo amarillo mexicano no responde a una raza pura. Es resultado del mestizaje, de generaciones de cruces espontáneos y de una crianza no selectiva.

Su apariencia varía, pero suele ser de tamaño mediano, de pelo corto y tonalidades que van del dorado al caramelo, a veces con manchas blancas en el pecho o las patas. No hay dos iguales, y justamente ahí radica su identidad.

En cuanto a carácter, quienes conviven con ellos coinciden en algo: son leales, inteligentes, protectores y sorprendentemente adaptables.

Aprenden rápido, desarrollan fuertes vínculos con sus cuidadores y poseen una resistencia forjada en la vida cotidiana. No destacan en exposiciones caninas, pero sí en fidelidad y compañerismo.

Para entender su peso simbólico, basta contrastarlo con las razas mexicanas reconocidas.

El Xoloitzcuintle representa el pasado prehispánico; el Chihuahua, la miniatura valiente que conquistó al mundo; y el Calupoh, el imponente híbrido de herencia ancestral.

El perro mestizo amarillo, en cambio, representa el presente: la calle, la supervivencia y la cercanía con la gente común.

No es exclusivo de México.

En América Latina, los perros mestizos reciben distintos nombres según el país: zaguates, quiltros, chuchos, criollos o satos.

Todos comparten un mismo origen: poblaciones caninas desarrolladas sin intervención humana planificada, lo que en genética se denomina “raza aleatoria”.

En síntesis, el perro mestizo amarillo no necesita reconocimiento oficial para ser un ícono nacional.

Su presencia constante, su resiliencia y su amor incondicional lo han convertido en un espejo de la sociedad que lo rodea. Tal vez no tenga un estándar de raza, pero sí un lugar bien ganado en la identidad cultural mexicana.